hacerseoir.com.ar  |  Alentando Esperanzas
¡Confianza! Nuestro Señor Jesucristo nos invita a la confianza inquebrantable en su misericordia
Jueves 12 Nov 2020, 14:06 pm  |  Compartir en:      
Estimados amigos de Para Hacerse Oír-Hablemos Claro,

Tengo el gusto de anunciarles que a continuación encontrarán el capítulo I del Libro de la Confianza de l'Abée St. Laurent y para acceder a toda la obra basta hacer clic en: file:///C:/Users/EZE/Downloads/el-libro-de-la-confianza(36).pdf

Es una lectura imperdible para estos días de tan gran prueba permitida por Dios y que debemos enfrentar con fé, entereza de espíritu y una confianza inquebrantable en la Divina Providencia y en el pronto triunfo del Corazón Inmaculado de María.

Tengan a bien recomendar la lectura de la obra entre sus familiares y amistades.

Un cordial saludo en Jesús, María y San José,

Martín J. Viano
Para Hacerse Oír-Hablemos Claro


Capítulo I ¡Confianza! Nuestro Señor Jesucristo nos invita a la confianza
Voz de Cristo, voz misteriosa de la gracia que resonáis en el silencio de los corazones, Vos murmuráis en el fondo de nuestras conciencias palabras de dulzura y de paz. A nuestras miserias presentes repetís el consejo que el Maestro daba frecuentemente durante su vida mortal: “¡Confianza, confianza!” Al alma culpable, oprimida bajo el peso de sus faltas, Jesús decía: “Confía, hijo; tus pecados te son perdonados”. (Mat. 9,2)

Confianza”, decía también a la enferma abandonada que sólo de El esperaba la curación, “tu fe te ha sanado”(Mat. 9,22). Cuando los Apóstoles temblaban de pavor viéndole caminar, por la noche, sobre el lago de Genasaret, El los tranquilizaba con esta expresión tranquilizadora: “Tened confianza, soy Yo, no temáis”(Mc. 6,50).

Y en la noche de la Cena, conociendo los frutos infinitos de su sacrificio, El lanzaba, al partir hacia la muerte, el grito de triunfo: “¡Confiad! ¡Confiad! ¡Yo he vencido al mundo!” (Jn. 26,33).

Esta palabra divina, al salir de sus labios adorables, vibrante de ternura y de piedad, obraba en las almas una transformación maravillosa. Un rocío sobrenatural les fecundaba la aridez, rayos de esperanza les disipaban las tinieblas, una tranquila serenidad ahuyentaba de ellas la angustia. Pues las palabras del Señor son “espíritu y vida” (Jn. 6,64).

Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc. 2,28). Como antaño a sus discípulos, ahora es a nosotros, a quien Nuestro Señor convida a la confianza. ¿Por qué rehusaríamos atender su voz?

Muchas almas tienen miedo de Dios Pocos cristianos, incluso entre los fervorosos poseen esta confianza que excluye toda ansiedad y toda duda.

Son muchas las causas de esta deficiencia. El Evangelio narra que la pesca milagrosa aterró a San Pedro. Con su impetuosidad habitual, él midió de un solo golpe la distancia infinita que separaba la grandeza del Maestro de su propia pequeñez. Tembló de terror sagrado, y prosternándose, rostro en tierra, exclamó: “Señor, apártate de mí, que soy hombre pecador” (Lc. 5,8).

En el convento de Paray-le-Monial, repetía a Santa Margarita María:
“Si puedes creer, verás el poder de mi Corazón en la magnificencia de mi amor…”.
Ciertas almas tienen, como el Apóstol, ese terror. Ellas sienten tan vivamente la propia indigencia y las propias miserias, que apenas osan aproximarse a la Divina Santidad. Les parece que un Dios tan puro debería sentir repulsa al inclinarse hacia ellas. Triste impresión, que le da a la vida interior una actitud contrahecha, y, a veces, la paraliza completamente.

¡Cómo se engañan estas almas! J
esús se acercó enseguida al Apóstol sobrecogido de espanto: “No temas” (Lc. 5,10), le dijo, y le hizo levantarse…
¡También vosotros, cristianos, que recibisteis tantas pruebas de su amor, nada temáis!

Nuestro Señor recela, ante todo, que tengáis miedo de El. Vuestras imperfecciones, vuestras flaquezas, vuestras faltas, aun graves, vuestras reincidencias frecuentes, nada le desanimará en tanto que deseéis sinceramente convertiros. Cuanto más miserables sois, más compasión El tiene de vuestra miseria, más desea cumplir, junto a vosotros, su misión de Salvador. ¿No vino a la tierra sobre todo por los pecadores? (Mc. 2,17)

A otras almas les falta la fe. Ellas tienen seguramente esa fe corriente, sin la cual traicionarían la gracia del bautismo. Creen que Nuestro Señor es todopoderoso, bueno y fiel a sus promesas; pero no saben aplicar esta creencia a sus necesidades particulares. No están dominadas por la convicción irresistible de que Dios, atento a sus pruebas, se vuelve hacia ellas, a fin de socorrerlas.

Sin embargo, Jesucristo nos pide esta fe especial y concreta. El la exigía otrora como condición indispensable para sus milagros; y la espera también de nosotros, antes de concedernos sus beneficios. “Si puedes creer, todo es posible al que cree” (Mc. 9,23), decía al padre del niño poseso. Y en el convento de Paray-le-Monial, empleando casi los mismos términos, repetía a Santa Margarita María: “Si puedes creer, verás el poder de mi Corazón en la magnificencia de mi amor…”.

¿Podéis creer? ¿Podréis llegar a esa certeza tan fuerte que nada la altera, tan clara que equivale a la evidencia? Esto es todo. Cuando lleguéis a ese grado de confianza, veréis maravillas realizarse en vosotros. Pedid al Maestro Divino que aumente vuestra Fe. Repetidle con frecuencia la oración del Evangelio: “¡Creo, Señor, ayudad a mi incredulidad” (Mc. 9,23)
.

Esta desconfianza en Dios nos es muy perjudicial
La desconfianza, sean cuales fueren sus causas, nos trae perjuicios, privándonos de grandes bienes. Cuando San Pedro, saltando de la barca, se lanzó al encuentro del Salvador, caminó al principio con firmeza sobre las olas. El viento soplaba con violencia. La olas ya se levantaban en torbellinos furiosos, ya socavaban en el mar abismos profundos. La vorágine se abría delante del Apóstol. Pedro tembló… Dudó un segundo, y luego comenzó a hundirse… “Hombre de poca fe, le dijo Jesús, ¿por qué has dudado?” (Mt. 14,31).

He ahí nuestra historia. En los momentos de fervor nos quedamos tranquilos y recogidos al pie del Maestro. Cuando viene la tempestad, el peligro absorbe nuestra atención. Desviamos entonces las miradas de Nuestro Señor para fijarlas ansiosamente sobre nuestros sufrimientos y peligros. Dudamos… y luego ¡caemos! Nos asalta la tentación. El deber se nos hace fastidioso, su austeridad nos repugna, su peso nos oprime. Imaginaciones perturbadoras nos persiguen. La tormenta ruge en la inteligencia, en la sensibilidad, en la carne… Y no hacemos pie; caemos en el pecado, caemos en el desánimo, más pernicioso aún que la propia culpa.

Almas sin confianza, ¿por qué dudamos? La prueba nos asalta de mil maneras; ya los negocios temporales peligran, el futuro material nos inquieta; ya la maldad nos ataca la reputación, la muerte rompe los lazos de las amistades más legítimas y cariñosas. Entonces, nos olvidamos del cuidado maternal que la Providencia tiene con nosotros… Murmuramos, nos enfadamos, y de este modo aumentamos las dificultades y el efecto doloroso de nuestro infortunio.

Almas sin confianza, ¿por qué dudamos? Si nos hubiéramos apegado al Divino Maestro con confianza tanto mayor, cuanto más desesperada pareciese la situación, ningún mal nos sobrevendría de ella…
Habríamos caminado tranquilamente sobre las olas; habríamos llegado sin tropiezos al golfo tranquilo y seguro, y, en breve habríamos hallado la región hospitalaria que la luz del cielo ilumina. Los santos lucharon con la misma dificultad… Muchos de ellos cometieron las mismas faltas. Pero éstos, al menos, no dudaron… Se levantaron sin tardanza, más humildes después de la caída, no contando desde entonces sino con los socorros de lo Alto… Conservaron en el corazón la certeza absoluta de que, apoyados en Dios, todo podrían. ¡No fueron defraudados en esa confianza! (Rom. 5,5)

Transformaos en almas confiantes. Nuestro Señor os invita a ello; y vuestro interés así lo exige. Os haréis, al mismo tiempo, almas iluminadas, almas en paz.
Adm   |   Copyright 2020   ©   Para Hacerse Oir-Hablemos Claro   |   Todos los derechos reservados   |   web design Triliton