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Que una gran confianza en el Cielo nos sostenga en estas horas difícles
Sabado 25 Abr 2020, 00:52 am  |  Compartir en:      
En todos los tiempos ha habido epidemias y pandemias. Y en todos los tiempos ha habido héroes y santos que han escuchado la voz de Dios y han sido luz en medio de las tinieblas y dolor que envuelven estas enfermedades. La Virgen, invocada como María auxiliadora ha sido una intercesora especial.
SAN SEBASTIAN, fue un soldado del ejército romano que murió atravesado por las flechas, armas que se convirtieron en emblemas de las plagas. En el año 680 Roma clamó su intercesión ante la peste. Lo mismo hicieron Milán en 1575, Lisboa, en 1599, y otros lugares ante iguales calamidades. Su fiesta es el 20 de enero.

SANTA ROSALÍA (siglo XII). Es muy venerada en toda Sicilia y en Palermo, Italia, ciudad de la cual es patrona. El culto de esta santa fue promovido en todo el mundo por los Benedictinos porque al invocarla se obtenía protección contra enfermedades infecciosas como la peste. Su fiesta es el 4 de septiembre.

SANTA CATALINA DE SIENA (n. 1347). Su fiesta es el 29 de abril. La terrible Peste Negra que ha pasado a la historia como la gran mortandad y en la que pereció más de la tercera parte de la ciudad de Siena, ofreció a Catalina y a Raimundo de Capua, su director espiritual, una oportunidad para el heroísmo. En el Diálogo clama a Dios: “Por tu gloria, Señor, salva al mundo”.

A SAN ROQUE, se le invoca especialmente contra las plagas. Nació en Montpellier, Francia, en 1350. Salió en peregrinación a Roma, y en el camino, se dedicó a cuidar a los infectados por la peste que asolaba Europa, sanándolos con la señal de la cruz. Finalmente se contagió. Su fiesta es el 16 de agosto.

SANTA RITA DE CASCIA (n. 1381). Inmediatamente después de su muerte era ya venerada como protectora de la peste, probablemente por haberse dedicado al cuidado de los enfermos contagiados sin contraer nunca la enfermedad. Es este uno de los motivos por el que se la llama la “Santa de los imposibles”. Sus hijos murieron de disentería, una enfermedad común en la época. Su fiesta es el 22 de mayo.

SAN LUIS GONZAGA, patrón de los jóvenes, nació en Castiglione, Italia en 1568. En 1591 se desató la peste en Roma. En el hospital de la Consolación, Luis pasaba horas junto a las camas de los más necesitados. El ministro del Colegio, el padre Nicolás Fabrini, atestiguará más tarde: “Daba horror ver a tantos que se estaban muriendo. Andaban desnudos por el hospital y se caían muertos por los rincones, con un olor insoportable. Yo vi a Luis servir con alegría a los enfermos, lavándoles los pies, arreglándolos, dándoles de comer, preparándolos para la confesión y animándolos a la esperanza”. Se contagió de la enfermedad al poner en sus hombros a un contagiado y llevarlo al hospital. Su fiesta es el 21 de junio.

BEATOS FRANCISCO Y JACINTA, los dos niños pastorcitos, videntes de la Virgen de Fátima, murieron a la edad de 10 años, víctimas de la gripe española que infectó a unos 500 millones de personas y causó la muerte de alrededor de 100 millones de personas entre los años 1918-1920. Celebramos su fiesta el 20 de febrero.

En nuestro continente, durante las epidemias de viruela en 1782, 1802, 1841 y la de cólera en 1833 y 1849, los devotos recurrieron a las novenas de San José, San Roque, Santo Domingo de Guzmán, San Luis Beltrán y Santa Rosalía. A la Virgen de Chiquinquirá se la considera la protectora contra la epidemia de viruela de 1841.
(in https://www.religiondigital.org/ Cruz Teresa Romer, APR 1, 2020)

GRAN CONFIANZA EN DIOS SEGÚN EL SANTO CURA DE ARS. "Hemos dicho, en tercer lugar que hemos de concebir una gran confianza en Dios, al experimentar cualquier tristeza, pena o enfermedad. Es preciso que esta gran confianza en el cielo nos sostenga y nos consuele en aquellas horas amargas; esto hicieron los santos".

En todas nuestras penas, sean del alma, sean del cuerpo, después de Dios, hemos de concebir una gran confianza en la Virgen María. Ved aquí otro ejemplo, el cual hará mover en vosotros una tierna confianza en la Santísima Virgen, sobre todo cuando queráis concebir grande horror al pecado. El bienaventurado San Ligorio refiere que una gran pecadora llamada Elena acertó un día a entrar en un templo, y la casualidad, o mejor la Providencia, todo lo dispone en bien de sus escogidos, quiso que oyese un sermón, que se estaba predicando, sobre la devoción del Santo Rosario. Quedó tan bien impresionada con lo que el predicador decía acerca de las excelencias y saludables frutos de aquella santa devoción, que sintió deseos de poseer un rosario. Terminado el sermón, fue a comprar uno; pero durante macho tiempo tuvo mucho cuidado en ocultarlo para que no se burlasen de ella. Comenzó a rezar cada día el Rosario, más sin gusto y con poca devoción. Pasado algún tiempo, la Virgen hizo que experimentase tanta devoción y placer en aquella práctica, que no se cansaba de ella; aquella devoción, tan agradable a la Santísima Virgen, le mereció una mirada compasiva, la cual le hizo concebir un tan grande aborrecimiento y horror de su vida pasada, que su conciencia se transformó en un infierno, y la inquietaba sin descanso noche y día.

Desgarrada continuamente por sus punzantes remordimientos, no podía ya resistir a la voz interior que le presentaba el sacramento de la Penitencia cómo el único remedio para conseguir la paz por ella tan deseada, la paz quo había buscado inútilmente en todas partes; aquella voz le decía que el sacramento de la Penitencia era el único remedio a los males de su alma. Invitada por aquella inspiración, empujada y guiada por la gracia, fue a echarse a los pies del ministro del Señor, al que descubrió todas las miserias de su alma, es decir, todos sus pecados; confesóse con tanta contrición y con tanta abundancia de lágrimas, que el sacerdote quedó admirado en gran manera, no sabiendo a que atribuir aquel milagro de la gracia. Acabada la confesión, Elena fue a postrarse ante el altar de la Santísima Virgen, y allí, penetrada de los más vivos sentimientos de gratitud, exclamó: «Virgen Santísima, es verdad que hasta el presente he sido un monstruo; más Vos, con el gran poder que tenéis delante de Dios, ayudadme a corregirme; desde ahora propongo emplear el resto de mis días en hacer penitencia». Desde aquel momento, y de regreso ya a su casa, rompió para siempre los lazos de las malas compañías que pasta entonces la habían retenido en los más abominables desórdenes; repartió todos sus bienes a los pobres, y se entregó a todos los rigores y mortificaciones que inspirarle pudieron el amor a Dios y el remordimiento de sus pecados.

Para que quedase premiada la gran confianza que aquella mujer había depositado en la Virgen María, en su última hora se le aparecieron Jesús y la Santísima Virgen, y en sus manos entregó su alma hermosa, purificada por la penitencia y las lágrimas; de manera que, después de Dios, fue a la Santísima Virgen a Quién debió aquella gran penitente su salvación.
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